(Textos extraídos del libro “Leyendas de los castillos de Jaén”, escrita por Juan Eslava Galán)

En la zona de Cazorla tienen muy claro que si un niño escucha esta canción, el monstruo lo devora.

Por eso los niños procuran irse a la cama y dormir muy temprano. Y es que se cuenta que en la noche de San Juan “la Tragantía” canta con una dulce voz: 

     Yo soy la Tragantía

hija del rey moro,

el que me oiga cantar

no verá la luz del día

ni la noche de San Juan.

Todo ésto tiene su origen cuando las huestes del arzobispo de Toledo atravesaron llegaban con carros, cruces y caballos, y el rey moro de Cazorla sabía que iban a devastar sus posesiones, por lo que sería inútil que aquel pequeño reino se resistiera por las armas a la violencia de los cristianos.

En el antiguo castillo de Cazorla se encontraba un mirador alto desde el que se contemplaba el verde valle y un río con multitud de norias y molinos.

El rey veía cómo su pueblo atravesaba el puente tirando de carritos en los que habían cargado sus más valiosos enseres.

Sabía la suerte que esperaba a su pequeño reino. Ya dos años antes lo hicieron en Quesada, los cristianos entraron a sangre y fuego y devastaron todo lo que no pudieran rapiñar.

El rey de Cazorla tomó una serie de medidas: permitió el éxodo de sus súbditos hacia tierras más seguras para luego regresar cuando el peligro hubiese pasado.

Puso a salvo su trigo y sus caballos, mientras temía las avanzadas de los cristianos que alcanzaban el valle antes de que ellos hubiesen tenido tiempo de ponerse a salvo. El desdichado rey tenía un motivo para retrasar la salida.

Decidió que su hija permaneciera en el castillo, pero oculta en unas secretas habitaciones subterráneas de cuya antigua existencia sólo él conocía.

Aunque la dejaba bien provista de alimentos, lucernas de aceite y todas las otras cosas necesarias para no sentir incomodidad alguna en los pocos días que duraría su reclusión, el atribulado anciano no acababa de resinarse a partir.

El rey de Cazorla salió a galope tendido, seguido de media docena de sus fieles, no había en todo el valle una chimenea que humeara en medio de la perfecta quietud. Sus vasallos estarían a salvo. El no.

Se oyó el helado zumbido de un proyectil, y una vara atravesó el cuello del rey derribándolo sobre los maderos.

La punta le salía, roja, por las vértebras. Un grupo de ballesteros surgió del herbazal de la ribera apuntando con sus armas al grupo fugitivo. Pareció que el rey quiso decir algo antes de morir, pero el hierro le había segado la voz. Se levantaba el sol dándose prisa en hacer su larga carrera del día de San Juan. 

Lo cristianos no devastaron el valle. Se establecieron en él y lo poblaron con sus colonos traídos de lejanas tierras. Pronto volvió el humo a las chimeneas y el laborioso sonido a las norias y a las herrerías y  las alegres canciones a las eras.

En el húmedo subterráneo había varias estancias unidas por un angosto pasillo y por un silencio perfecto. Pilares de piedra sostenían el techo de las mayores. En algunos había lápidas con inscripciones paganas.

La tinieblas del subterráneo no toleraban noches ni días. Con un misericordioso candil en la mano vagaba la princesa por sus breves dominios muriéndose de angustia cada vez que creía escuchar un ruido.

A la zozobra de las primeras horas sucedió la resignada paz de la prisionera y luego su desesperación y su locura cuando comprendió que el mundo se había olvidado de ella.

Las provisiones se acabaron, la lámpara extinguió su luz. Aterida de frío, la infeliz se dispuso a morir debajo de las mantas de su oscuro lecho.

Durmió, o creyó dormir, un espacio de tiempo frecuentada por atroces pesadillas. Cuando despertó sentía, en el hervor de una fiebre, las piernas heladas y doloridas. Quiso frotarlas con las manos. Le devolvían un tacto viscoso de piel desconocida y áspera que le produjo asco y escalofríos.

No sentía hambre ni impaciencia. Dormía y no se movía del lecho. Sin horror ni sorpresa aceptó en su cuerpo el lento prodigio de mudarse en serpiente hasta las caderas. Reptaba por sus tinieblas entre silbos a los pilares que sostenían el techo.

Así fue como la desdichada princesa se transformó en Tragantía.

En una torre del castillo de Cazorla hay una pesada losa con una argolla de hierro que nadie se ha atrevido a levantar.

Se dice que es la entrada, seguida de larguísima escalera angosta, que lleva al subterráneo donde el rey de Cazorla ocultó a su hija. A un postigo del mismo alcázar le llaman de la Tragantía y a una solitaria cueva que está en el camino, de Montesino.

Durante la noche de San Juan, la localidad de Cazorla revive la leyenda de la aparición de la mujer-serpiente (la Tragantía) que habita, el resto de los días del año, en el Castillo de la Yedra para vengarse de todos los habitantes.

La leyenda se revive entre música, danzas y otros espectáculos.

Los participantes deberán tomar el tradicional té y las pastas y decir el conjuro para evitar el maleficio: “Yo soy la Tragantía, hija del rey moro, el que me oiga cantar no verá la luz del día ni la noche de san Juan”.